La ENES sustentable

La ENES sustentable

6 junio, 2026 0
Whatsapp
Facebook
Instagram
Twitter

Por: Estudiantes ENES

Eran las 11:40 p. m. cuando Emilia, futura estudiante de Ciencias Ambientales, no podía dormir la noche antes de su primer día de clases en la ENES Mérida. Entre el calor y los nervios, buscó información sobre su nueva escuela. Las fotos que encontró en el buscador la desconcertaron: edificios grises, aparente construcción interminable, espacios sin estudiantes, solo aulas sin lugares para estar y una cafetería que deja mucho que desear.

Desilusionada, se metió a la página de la ENES esperando encontrar mejores resultados. Pero lo que encontró la confundió aún más, pues la visión oficial de la institución —que prometía un campus que integraría infraestructura, sustentabilidad y entorno natural— no coincidía con lo que había encontrado en fotografías. Sin embargo, intentó recuperar el entusiasmo y después de un rato logró conciliar el sueño.

Cuatro años después, Emilia está a punto de graduarse. Meciéndose en su hamaca, recuerda con ironía aquella noche de ilusiones y ansiedades, piensa en lo rápido que pasó el tiempo y en lo poco que cambió su escuela, recordando también que cada año las ganas por asistir a la ENES disminuían al ser un espacio tan gris y poco concurrido.

Algo que le preocupaba bastante era lo poco sustentable que era su escuela, pues los pasillos y salones permanecían iluminados y con aire acondicionado encendido todo el día; las plantas que adornaban los jardines resultaron ser especies exóticas invasoras, los huertos, que al inicio la llenaron de ilusión, eran más una idea que una práctica.

Una escuela rodeada de selva, con carreras enfocadas en el manejo de los recursos naturales, que dependía enteramente de energía no renovable. Entre todo ese desasosiego, recordó algo que su amiga Mónica le había dicho con claridad: Para que una construcción sea realmente sustentable, hay que proyectarla desde el inicio con ese objetivo. Aquí eso no pasó. Se usaron materiales convencionales, sin diseño bioclimático. Por eso necesitamos tanto aire acondicionado. El edificio pelea contra Mérida en lugar de entenderse con ella.

El potencial siempre estuvo ahí: techos planos, sol abrasador todo el año, una selva viva rodeando el campus. Había espacio para captación de agua de lluvia, tratamiento de aguas grises, energía solar. Los árboles de los pasillos eran podados con criterios estéticos; nunca dejaron crecer corredores de sombra. La escuela ignoraba la sabiduría local sobre cómo cohabitar con el entorno yucateco, precisamente aquello que su visión institucional prometía respetar.

Emilia se graduaría en unos días. Sabía leer ecosistemas, identificar amenazas, entender ciclos biogeoquímicos, interactuar y aprender de las comunidades, y mucho más. Y eso, paradójicamente, era lo que hacía tan difícil mirar atrás: había aprendido exactamente las herramientas para comprender todo lo que su propia escuela había fallado en ser. Una vez más se encontraba desilusionada, pero decidida a hacerlo diferente, para que todo lo que aprendió durante la carrera y la mala planeación de la ENES la animaran a construir un futuro distinto en donde fuera a trabajar algún día. Utilizaría los conocimientos de su carrera, pero definitivamente no su ejemplo. Así Emilia apagó la luz de su cuarto y, finalmente, concilió el sueño.


 Texto realizado por estudiantes del 8.º semestre de la licenciatura en Ciencias Ambientales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la materia de “Periodismo Ambiental”, a cargo de Elizabeth Álvarez Padilla.