Los sonidos que nos acompañan

Los sonidos que nos acompañan

14 mayo, 2026 0
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Por: Julieta Goitia Sánchez*

Al despertar, usualmente son los pájaros quienes toman la batuta al amanecer. Los ladridos de los perros suelen indicar el paso de algún transeúnte y, conforme sube el sol, el murmullo de los coches aumenta.

Dentro, la gatita de mi compañera de cuarto se despierta si oye a alguien, rascando la pared o a sí misma. Mientras me preparo para ir a la escuela, las charas trinan y se acomodan en los árboles.

Cuando salgo rumbo al paradero, puedo verlas de repente, aunque luego cantan pájaros que no reconozco, y otros que sí, pero se esconden bien. ¿Quiénes son? Palomas, zanates, tordos, cenzontles, luises o bien que te veo, calandrias, chachalacas… Quizá pase una pareja de loros cotorreando. ¿El viento susurrará en mis oídos? ¿Podré apreciar el suave chasquido de las hojas al ser acariciadas por él? Y por la noche, ¿qué hay del triciclo que lleva el pan, al cual espero con la oreja atenta? ¿O de los chasquidos y chirridos constantes de los insectos? Algunos de estos sonidos los he incorporado desde mi llegada a la universidad y otros, gracias a una mudanza hecha el semestre pasado.

Todo esto es el paisaje sonoro, descrito por Schafer (2013); como “cualquier colección de sonidos, casi como una pintura, es una colección de atracciones visuales” (New, 2009, traducción propia). Es la relación entre el ser humano y los sonidos de su entorno, donde su significado es interpretado por cada oyente de distinta manera e incluso se van integrando a su identidad (Schafer, 2013).

Siguiendo mi travesía, ahora en la cafetería de la escuela, podemos dividir al paisaje sonoro de Schafer (2013) en elementos: sonidos tónicos como los ventiladores y las conversaciones (predominantes, de fondo, pero no pasan desapercibidos), señales sonoras como el encargado del sitio anunciando un pedido o las notificaciones de los celulares (indican alerta, y dan información), marcas sonoras que, por lo oído entre pares, serían aves locales como las chachalacas o los luises (sonidos característicos de una comunidad, que los adoptan). Aunado a esto, para él, los agentes del paisaje sonoro son las personas (antrofonías), los seres vivos no humanos (biofonías) y el ambiente (geofonías). Todo lo que crea la comunidad universitaria y aquello hecho por el humano (voces, celulares, tecleo de computadoras, el paso ocasional de los aviones); la variedad de sonidos animales (trinos, gorjeos y llamados de las aves, crujidos de las hojas secas al pisarlas, chirridos de los insectos); aquello no vivo y no humano (lluvia, relámpagos, el silbido del viento y el murmullo de las hojas provocado por este). Dicho paisaje cambia según la ubicación, al igual que dichos agentes y elementos.

En la película Sound of noise (2010), dirigida por Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson, se nos presenta a Amadeus, “la oveja negra” de una familia con prestigio musical al tener sordera tonal, es decir, es incapaz de percibir la música e incluso la desprecia. El policía debe capturar a seis percusionistas, quienes pretenden hacer una revolución sonora en contra de la música socialmente aceptada e incluso elitista (la clásica), y una ciudad que busca tener una urbe sonoramente armoniosa, lo que para ellos es contaminación acústica. Por ello, lanzan un panfleto con las piezas que tocarán, usando la ciudad como su instrumento principal para hacer sonidos con ruido, “una sonoridad que estorba la audición de un mensaje en curso de emisión” (Attali, 1995: 44).

En otras palabras, es un sonido sin un código que violenta un orden. Al adquirir un código, cobra sentido y se va construyendo colectivamente mediante la cultura, y su significado cambia al ser socialmente aceptado. Lo interesante es el objetivo del grupo: hacer música con el ruido; aquellos entes tan “corrientes” y ordinarios que ni siquiera concebimos como instrumentos y, desde la óptica de Schafer (2013), dicha contaminación acústica sería más bien aquellas sonoridades que obstaculizan y acallan los sonidos significativos de una comunidad. En cada acto ejecutado por los intérpretes, aparece un metrónomo como indicador de los tiempos. Ahora bien, el paisaje sonoro no es una orquesta en la que una lagartija repique con su cola, cuente hasta tres e inicien todos los sonidos con un ritmo marcado, sino lo opuesto. Se trata de un conjunto dado en espacios y tiempos determinados, apropiados por quienes viven esas sonoridades, y pueden apreciarse a la hora de prestar atención con el sentido del oído y la quietud interna. ¿Y tú, qué paisajes sonoros has transitado?

Referencias

Attali, J. (1995). Ruidos. Siglo XXI, Madrid.

New, D. (2009). Listen [Documental]. The National Film Board of Canada. Disponible en https://www.nfb.ca/film/listen/

Simonsson, O. y Stjärne, J. (2010). Sound of Noise [Película]. Nordisk Film.

Shafer, M. (2013). El paisaje sonoro y la afinación del mundo. Intermedio, Barcelona.


Julieta Goitia Sánchez es alumna de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales de la ENES Mérida-UNAM.

Imagen 1: Mariposa
Foto de Karla Valeria Cruz de la Luz

Imagen de portada: Cafetería de la ENES Mérida
Foto de César Guzmán Tovar, intervenida con inteligencia artificial