La cumbia como mi refugio

La cumbia como mi refugio

11 junio, 2026 1
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Por: Danna Janet Toraya Basulto*

A veces pensamos que la música es solo algo que suena de fondo mientras hacemos otras cosas, o un simple escape para el fin de semana en la playa. Sin embargo, en el texto ¿Por qué estudiar la música? Reflexiones de una antropóloga desde el campo, la antropóloga Ruth Finnegan (2002) nos da una sacudida y nos dice que la música es, en realidad, una de las formas más profundas en las que los seres humanos nos organizamos y le damos sentido a nuestra existencia. Para ella, la música no es un adorno o algo que suene bonito: es una “acción humana” que nos puede permitir decir quiénes somos y a dónde pertenecemos, especialmente en las ciudades donde todo parece ir demasiado rápido.

Esta idea de la música, en específico la cumbia, como un refugio y una forma de resistencia es el alma de la película Ya no estoy aquí (2019), dirigida por Fernando Frías de la Parra. Nos cuenta la historia de Ulises y su pandilla, “Los Terkos”. No es solo la crónica de un grupo de jóvenes en Monterrey que bailan cumbias, es casi un retrato vivo de lo que Finnegan describe como la construcción de identidad (un término muy ambiguo) a través del sonido. Cuando el mundo exterior se vuelve violento o indiferente, la música se convierte en el único territorio donde uno puede ser libre. Quiero –o pretendo– explicar los conceptos de Finnegan y cómo estos nos ayudan a entender que, aunque Ulises se vaya a Nueva York, su verdadera esencia es ese ritmo meneadito que lleva en los audífonos.

Finnegan pone mucha atención en lo que ella llama los “músicos escondidos”. No se refiere a las grandes estrellas de la radio, sino a las personas comunes que practican la música en su día a día y que, al hacerlo, crean comunidad. En la película, vemos esto reflejado en la cultura de las “Kolombias”. Ulises y sus amigos no son músicos de conservatorio, pero son artistas del baile y de la estética.

Como señala la autora, la música requiere de “convenciones compartidas”: una forma de vestir, un lenguaje propio y una manera específica de moverse. Para “Los Terkos”, la cumbia rebajada es ese código secreto. Finnegan explica que la música ayuda a fijar “rutas temporales y espaciales” en la ciudad. En Monterrey, los cerros no son solo tierra y piedras, son espacios marcados por el sonido de la cumbia. Mientras el resto de la ciudad los ignora o los ve con miedo y con prejuicios, ellos usan la música para habitar esos espacios y darles un significado de hermandad. Aquí se cumple lo que dice la antropóloga, la música es una herramienta de “bienestar mutuo”. Después del trágico incidente que Ulises pasa con la otra banda de la colonia, y en medio de la falta de oportunidades, bailar cumbia es lo que los mantiene unidos y con una identidad clara.

El punto de quiebre de la película es cuando Ulises tiene que huir a Nueva York por una confusión con el crimen organizado. Es aquí donde la teoría de Finnegan sobre la música como “marcador de realidad” se vuelve más evidente y dolorosa por cómo se representa en la película. Cuando Ulises llega a Estados Unidos, no solo cambia de país, también pierde su red de amigos, familia, lo conocido y su gran pilar de apoyo musical. Finnegan menciona que la música es una forma de “identidad situada”. Al estar solo en un lugar donde nadie entiende su estilo ni su ritmo, Ulises entra en una crisis profunda.

En Nueva York, los audífonos de Ulises son su conexión con Monterrey. Finnegan nos dice que la música ayuda a organizar la memoria y la continuidad de la experiencia humana. Para el protagonista, darle play al dispositivo electrónico es la única manera de no desaparecer. Es muy interesante cómo la película utiliza la cumbia “rebajada” (que es básicamente una cumbia con un tiempo de reproducción más lento) para simbolizar el estado mental de Ulises: él va a un ritmo distinto al del mundo moderno y acelerado de Nueva York. Ruth Finnegan sugiere que la música crea “mundos posibles”, y para Ulises, ese mundo posible es el recuerdo de sus amigos bailando en el barrio, un recuerdo que solo sobrevive gracias al sonido.

Otro elemento importante que analiza Finnegan es que no debemos ver la música solo como un “reflejo de la pobreza” o de la clase social. A veces, algunos sectores de la academia caen en el error de pensar que la gente con pocos recursos económicos hace música solo porque está sufriendo. Finnegan nos invita a ver la “agencia” de las personas; es decir, su capacidad de crear algo bello y complejo simplemente porque son seres humanos. La dedicación de Ulises a su peinado, a su ropa y a la precisión de sus pasos de baile demuestra que hay una búsqueda estética real. No bailan cumbia porque sean pobres; bailan cumbia porque son artistas de su propia realidad.

Esto conecta con la idea de la autora de que la música es una “modalidad de acción” que dignifica. Hacia el final de la película, vemos a un Ulises que ha sido golpeado por la soledad, la barrera del idioma y la pérdida de sus amigos. Sin embargo, la música sigue ahí. Finnegan argumenta que la música es una de las formas más potentes de comunicación no verbal. Hay cosas que Ulises no puede decir con palabras (ni en español ni en inglés), pero que comunica perfectamente cuando baila solo en una azotea. Esa danza solitaria es la máxima expresión de lo que la antropóloga describe como la capacidad de la música para estructurar el “yo”. Mientras tenga su ritmo, Ulises sigue siendo Ulises.

En la escena casi al final de la película, cuando se queda sin batería su reproductor o cuando el entorno cambia tanto que ya no reconoce su casa, creo que se refuerza la tesis de que somos seres sonoros. Si nos quitan nuestra música y nuestra comunidad de escucha, nos quitan una parte esencial de nuestra alma. Relacionar el texto de Ruth Finnegan con Ya no estoy aquí nos permite entender que la música es mucho más que solo un sonido bonito, es el pegamento que mantiene unida la identidad cuando todo lo demás se desmorona (al menos así lo percibo). La autora nos dio las herramientas para entender que los “músicos escondidos” de Monterrey estaban haciendo algo maravilloso, estaban construyendo un hogar en el aire. La película también es un recordatorio visual de que la música es un derecho humano, una forma de decir “estoy aquí” aunque el mundo quiera que te vayas.

Como concluye Finnegan: estudiar la música es fundamental para entender a las personas porque el sonido es donde guardamos lo que somos. Ulises perdió su barrio, perdió a sus amigos y casi pierde su camino, pero mientras el eco de la cumbia rebajada resuene en su cabeza, su identidad o su esencia permanecerá viva. En última instancia, la cumbia no es algo que Ulises escucha; es quien Ulises es.

Referencias
Finnegan, R. (2002). ¿Por qué estudiar la música? Reflexiones de una antropóloga desde el campo. TRANS. Revista Transcultural de Música, (6). Sociedad de Etnomusicología.

Frías, F. (Director) (2019). Ya no estoy aquí [Película]. Panorama, PPW Films y Agencia Bengala.


Danna Janet Toraya Basulto es alumna de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la asignatura “Expresiones y registro de la diversidad cultural IV” a cargo de la Dra. Marcela Corredor Palacios y del Dr. César Guzmán Tovar.