En un mar de dudas ¿encontraré trabajo después de la ENES?
6 junio, 2026Por: Vianney Vera
Las olas pegando fuerte: la incertidumbre
Son las dos de la mañana y el techo de tu cuarto se convierte en pantalla. Ahí, proyectados sin que nadie los invite, aparecen años de carrera, desvelos, entregas a medianoche, lecturas que nunca terminan y la promesa implícita de que todo ese esfuerzo va a valer algo. Y al final de ese túnel de imágenes, cuando ya no queda ningún pensamiento cómodo donde refugiarse, aparece la pregunta que nadie quiere hacerse en voz alta, la que se queda flotando entre tú y el techo como un globo que no sube ni baja: ¿Y si termino la carrera y no encuentro trabajo?
La inestabilidad del mar: el aguante
Pedro también estuvo ahí. En alguna madrugada sin nombre, con la misma oscuridad en el cuarto y el mismo nudo apretándole el pecho, sintió exactamente eso. Y no salió de ahí rápido, porque estas cosas no funcionan así, no hay un momento de iluminación que lo resuelva todo de golpe.
Estudió Desarrollo y Gestión Intercultural; cuando terminó, buscó algo más: un lugar donde encontrarse, donde lo que había aprendido pudiera conectarse con sus intereses. Llegó a la ENES buscando eso, intentando vincular su formación con cuestiones ambientales, con el mar; con las comunidades que viven de él, pero llegar a un lugar nuevo con una idea vaga no es suficiente para que las cosas sucedan solas.
Se sintió perdido; esa palabra es la que mejor describe lo que viene después de graduarse cuando el camino no está trazado.
No tenía trabajo formal y no tenía ingresos seguros. Era, como él mismo lo describe, un sentimiento de egresado: esa mezcla particular de expectativa y de responsabilidad que nadie te preparó para cargar. Pero lo que sí tenía, pegado en la pared de su cuarto, era un papel bond lleno de dibujos trazados con plumones de colores. Lo había hecho para su tesis, en un taller con pescadores, trabajando sobre la percepción que las comunidades costeras tenían del pulpo maya. Era un ejercicio sencillo, hecho con los materiales más básicos que existen, pero desde el momento en que lo colgó en la pared, ese papel cambió algo: se volvió el recordatorio de dónde había partido, de por qué estaba haciendo todo eso y hacia dónde quería llegar. La representación tangible en trazos de color de sus motivos. Cuando todo lo demás se sentía inestable, el papel bond seguía ahí.
El mar de su lado: la estabilidad
El esfuerzo no fue suficiente por sí solo. Eso es importante decirlo, porque la narrativa del esfuerzo puro suele ser mentirosa: sugiere que basta con trabajar duro para que las cosas lleguen, y no es así de sencillo. Lo que sí fue real es que Pedro siguió buscando acompañado de algo más que disciplina: de sentires y de motivaciones.
Conoció a la doctora Carmen Pedroza, quien le abrió las puertas al mar de otra manera, más cerca, más real. Fue conociendo las costas, las especies, las comunidades que llevan generaciones viviendo de lo que el mar ofrece. Se fue acercando a pescadores, a realidades que no aparecen en los anuncios de empleo ni en las ferias de trabajo universitarias. Y fue tomando decisiones sin tener garantías, que es quizás la forma más honesta de describir cómo se construye algo desde cero.
Poco a poco, sin que hubiera un momento exacto en que todo encajara de golpe, fue armando algo que hoy existe: un proyecto de investigación y vinculación con comunidades pesqueras en las costas de Yucatán. Trabaja en investigación sobre las condiciones actuales de las especies, en el tema de la pesca ilegal, en estaciones de radio, en ferias marinas, y más. Lo que empezó con un papel bond y unos plumones se convirtió en algo con forma, con nombre, con presencia. Menos de dos años tardó en ver resultados concretos. Pero lo que más le pesa no es el tiempo que tomó, sino lo que aprendió durante ese proceso: que cuando haces algo con amor real, algo que no te pesa hacer, que no tienes que convencerte de hacer cada mañana, eso se nota. Se refleja en cómo te mueves, en cómo hablas de lo que haces, en cómo te relacionas con las personas con quienes trabajas. Y los demás lo ven. Y los beneficios, poco a poco, llegan.
El horizonte; la realidad
La historia de Pedro no es la regla. No hay ninguna fórmula que garantice que encontrar una pasión y seguirla lleva inevitablemente a la estabilidad; no es un consejo que se pueda empaquetar y distribuir en partes iguales para todos. Pero es evidencia de que después de la universidad hay realidades que se pueden soñar, caminos posibles que no estaban en ningún anuncio de trabajo, proyectos que no existían hasta que alguien los inventó. Caminos que no vienen dados y que hay que construir sin saber bien cómo, a veces con miedo, a veces con un papel bond pegado en la pared como único mapa.
Y quizás eso, más que cualquier otra cosa, es lo que vale la pena llevarse de esta historia: que el miedo de las dos de la mañana no te dice la verdad completa. Solo te dice lo que no existe todavía.
Vianney Vera es estudiante del 8.º semestre de la licenciatura en Ciencias Ambientales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la materia de “Periodismo Ambiental”, a cargo de Elizabeth Álvarez Padilla.


