Ecocuentos: anécdotas para amantes de lo verde y lo diverso

Ecocuentos: anécdotas para amantes de lo verde y lo diverso

3 diciembre, 2024 0
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 Por: Sebastián Medina Reyes
Fotografía de portada: Daniela Zaldívar Mejía**

Prefacio

¡Hola! Te doy la bienvenida a este pequeño tomo de anécdotas que me gustaría compartirte. Como estudiante de la carrera de Ecología en la ENES Mérida, he tenido diversas experiencias de naturaleza diversa que podrían serte útiles si estás interesad@ en saber algo de lo que te puede esperar en esta bella licenciatura. De no ser así, al menos deseo que puedan provocarte una sonrisa o engrandecer tus deseos por adentrarte en los misterios de la Tierra. 

¿Qué estás por leer? Bueno, cosas divertidas, interesantes y curiosas, pero sobre todo, un cachito de mi corazón que ha sido acariciado por la naturaleza que nos sostiene momento a momento. Agradeciendo tu interés, te presento el primer cuento: 

Sobre piedra, entre mangle y bajo estrellas

Hace menos de 2 años, bajo la emanación de intenso calor solar y de cero nubes, un grupo de alumnos de Ecología se adentraba en los territorios de la cabecera municipal de Río Lagartos, en Yucatán. En busca de un sitio para acampar que estuviera alejado del poblado principal, la camioneta en la que ellos viajaban se desplazó hasta una explanada blanca rodeada por manglar en cuyo centro yacía un ojo de agua con un fondo altamente arcilloso. Sin comodidad alguna además de un restaurante con rica comida y la presencia de sanitarios diferenciados con agua constante y excusados, los estudiantes analizaban el escenario sobre el que aplicarían conceptos estadísticos poco afianzados en la práctica. Una vez con las suelas en la blanca piedra, los estudiantes ignoraban la paulatina pérdida de la camioneta en lo que colocaban las tiendas de campaña dentro de las que descansarían más tarde y dejaron a merced del sol la supervivencia de zanahorias bebés y jitomates cada vez más asediados por las ondas de calor constantes. Nota: en campo no hay refrigeradores silvestres.

Escoltados por dos académicos, un profesor y una profesora, los estudiantes se preparaban para una experiencia prometedora en donde se pondrían a prueba sus capacidades para generar investigaciones propias. Cayó la tarde y los alumnos, algunos agobiados por el calor, se movían entre el manglar formulando preguntas para su investigación que pudieran responder con lo que los rodeaba. Visionarios en su percepción, el grupo también preveía la dificultad que dichas preguntas supondría en los análisis de datos posteriores; por lo que varias de ellas eran ciertamente desechadas.

Ya dentro del manglar, en ese mundo donde los edificios y el concreto son reemplazados por una invisibilidad de ramas, verde y carmín vegetal, y en donde el ruido de los carros es sustituido por un silencio falso si se le presta atención suficiente, los “ecorrucos” (apodo gestado por ser la primera generación de la carrera en la instancia de la UNAM en Mérida) sólo se encontraban entre sí gracias al aire llenado con sus gritos informativos e interrogativos. ¿Dónde estás! ¿Contaste 121 plántulas?… ¿Qué! ¿Ahhh, sí! ¡145!  ¿Dónde quedó Emilia! ¿Qué calor! ¡13 troncos! ¿De cuántos metros era el cuadrante! ¡Mangle rojo, mangle rojo! ¿Qué! ¡Mangle rojo! Uno piensa del naturalista o investigador consumado como el individuo metódico, observador y paciente, pero no se ahonda sobre cómo éste llega a ser así. Una imagen cierta de algunos que aspiran a tal silueta puede formarse mejor con elementos de seres escandalosos, pero motivados.

Conforme la entrada de luz cambiaba de sitio a raíz de la danza solar, los ecorrucos continuaban tomando los datos que responderían las preguntas de investigación que ellos mismos se plantearon antes de insertarse en lo desconocido del monte con mangles y cangrejitos. Por su parte, los mosquitos locales, guiados por el dióxido de carbono que de los ecorrucos brotaba, rodeaban a la tropa y la deleitaban con su invasión acompañada de melifluo aleteo. Después de al menos 40 minutos de trabajo, los ecorrucos ya se habían fatigado. “¡Descansito!” La tropa detuvo labores y se redirigió al camino de regreso a la explanada. 

De regreso al sitio sin moscos, en la periferia de la explanada donde sí había sombra dado el borde del manglar, el grupo retomó fuerzas para otra actividad donde continuarían con la toma de datos de pH en el agua que ya habían iniciado en la zona en la que se habían adentrado. La tarde continuaba y para cuando ya habían culminado su esfuerzo, los profesores dieron seña de final, con lo que los ecorrucos fueron liberados de sus labores académicas y se desataron a hacer lo que quisiesen. Unos comieron, otros nadaron en el ojo de agua central, otros descansaron en las tiendas de campaña…

Tiempo después, el sol ya se despedía, no sin dejar un regalo de partida además de su último desplazamiento del día: un cielo multicolor a base de una paleta cálida, que poco a poco se enfriaba hasta dar paso al único tono nocturno. La ecotropa estaba lista para la noche, o al menos eso creía. Acompañados de una fogata, los ecorrucos y sus profesores bailaron, cantaron y compartieron alimentos por un rato hasta que llegó la hora de descansar. Antes de ello, algunos extinguieron las brasas del fuego que atestiguó y alumbró su diversión. Los profesores ya se habían retirado a sus tiendas de campaña. 

Afortunadamente, varios decidieron observar la cúpula sobre sus cabezas sólo para terminar maravillados por la cantidad de estrellas que los observaban miles de años luz aparte. No era la primera vez que lograban ver abundantes estrellas en una salida de campo, pero daba la impresión de que tener ese privilegio siempre representaba una nueva primera vez. Los ecorrucos conocedores de las constelaciones compartían sus conocimientos mientras otros atendían ya sea a sus comparticiones o simplemente a la magnitud que el cielo emanaba. No hay duda de que tanta estrella en la bóveda celeste enciende las internas, de forma que en ese momento, no hay problemas ni molestias, sólo estrellas. En ese momento, también había hermandad y ésta se sentía aun cuando los ojos y miradas del grupo admiraban lo de arriba. Algunos aún se mantuvieron de pie por más tiempo, pero al final, suspiros salieron y sueños llegaron.  

No hubo lluvia, la noche fue plácida para la mayoría excepto para quienes fueron atacados groseramente por hordas de chaquistes que lograron adentrarse en los plásticos protectores. El autor de esto fue uno de ellos, pero esa anécdota sola es digna de otro relato. 

Para terminar esta pequeña anécdota, basta con decir que uno de los momentos más destacables  de esa práctica en particular fue el despunte del alba, para el cual muchos de los ecorrucos madrugaron. Algunos montados sobre un mirador de madera y otros caminando o trotando en los alrededores, muchos presenciaron la reintroducción de la luz a esta parte de la Tierra. El sol trajo su fulgor y a ello siguió un aumento de sonidos naturales del sistema. El motor de la gran maquinaria había regresado, y sus engranitos recibieron gustosamente su movimiento. Lo oscuro de la noche se desvanecía ante la fuerza que el sol traía y de su estandarte dorado se irradiaba calor a sus receptores. Un nuevo día sí había llegado y la noche no sería eterna. El sol alumbró las caras de la tropa y se avivó la oportunidad de hacer y de crecer. Tras ese momento de gloriosa introducción, los estudiantes se alistaron para partir y esperaron el arribo de la camioneta en la que llegaron. Más prácticas esperaban, pero antes, un baño.


* * Sebastián Medina Reyes y Daniela Zaldívar Mejía son alumnos de la Licenciatura en Ecología de la ENES-Mérida de la UNAM.