Categoría: Narrativa

3 febrero, 2025 0

Ecocuento: La caza de las mariposas

Por: Sebastián Medina Reyes*** Introducción El campo representa un momento maravilloso por muchas cosas. No obstante, el contacto con la fauna, ya sea incidental u requerido, destaca como una de las joyas más apreciadas por quienes tienen la fortuna de adentrarse en el “monte”. La caza de las mariposas A mí me contaron que si tocabas las alas de una mariposa, ésta no podría volver a volar nunca más… A lo mejor eso no es cierto en Campeche.  Como parte de nuestras prácticas de campo de tercer semestre, tuvimos la enorme oportunidad de visitar parte de la Reserva de la Biosfera Calakmul, descansando y recargando estómagos en la localidad de Zoh-Laguna. Hay mucho de qué hablar sobre lo que en este lugar y en la reserva ocurrió, pero la caza de mariposas destaca por su singular desafío.  A unos cuantos cientos de metros del poblado principal, yacía una hermosa aguada cuyo perímetro era caminable; uno podría tardar unos 15 minutos en darle una vuelta si el paso era calmado y regular. El sol pegaba fuertemente y las nubes estaban ocupadas desgraciando a otra gente. El tiempo era perfecto. El verdor respiraba a nuestro alrededor, los cientos de árboles alejados no se movían ante nuestra presencia y nos contenía una dona de vegetación que susurraba fuertemente con cada entrada de viento. En esta rotonda de natural fulgor y guiados por una excelente académica, fuimos instruidos en la colocación de redes para el conteo de lepidópteros. Después, se nos dio una deliciosa mezcla de fruta corrompida por el tiempo y la cerveza que a tepache olía. Dicho tepachito que a tu servidor se le antojaba era colocado dentro de las redes una vez que colgábamos estas a una altura que te pido no me preguntes. El tepache era para atraer a las mariposas, y teníamos que colocarlo en lo alto para discriminar insectos terrestres que no eran solicitados. Después de mucho esfuerzo por colocar las redes que aparentaban unas linternas cilíndricas pero sin luz en su interior, nos retiramos del sitio, esperando que nuestras amigas aladas aceptaran nuestra tramp-, digo ofrenda. Con los manjares colocados en bonitas casas de tela, nos retiramos a nuestro centro de operaciones.  Tiempo después, tras haber realizado otra actividad relacionada con el estudio de los suelos, regresamos a la laguna y todos comenzamos un recorrido por el lindero que la rodeaba, observando y manipulando las trampas que encontrábamos en el camino. El sol ya había bajado considerablemente y la noche no tardaría mucho en tomar el cielo, pero aún teníamos tiempo para caminar lentito y con parsimonia. La manipulación de los organismos debe hacerse con cuidado y de forma ética. En este sentido, nuestra profesora nos mostró cómo tomar una mariposa de sus alitas sin lastimarla (no te explicaré cómo para que no lo intentes y te pido que no lo hagas si alguien con el conocimiento y la autoridad no te ha dicho cómo). Así, una vez que ya habíamos contado el número de mariposas que dentro rondaba (sin distinguir las especies por nuestra falta de experiencia, mas contabilizando el número de estas que suponíamos que allí había), pudimos insertar nuestra mano dominante en las trampas y obtener de ellas las amigas que por el tepache habían sido atraídas.  La manipulación de los organismos debe hacerse con cuidado y de forma ética. En este sentido, nuestra profesora nos mostró cómo tomar una mariposa de sus alitas sin lastimarla (no te explicaré cómo para que no lo intentes y te pido que no lo hagas si alguien con el conocimiento y la autoridad no te ha dicho cómo). Así, una vez que ya habíamos contado el número de mariposas que dentro rondaba (sin distinguir las especies por nuestra falta de experiencia, mas contabilizando el número de estas que suponíamos que allí había), pudimos insertar nuestra mano dominante en las trampas y obtener de ellas las amigas que por el tepache habían sido atraídas.  Como te imaginarás, las mariposas son frágiles físicamente así que nuestras expresiones de alegría devenían en miradas de serios ajedrecistas, con ojos de fuego bien atentos a los dedos que sostenían criaturas tan hermosas como coloridas. Los suspiros eran naturales una vez que una mariposa volaba de nueva cuenta a su libertad y el ceño fruncido se transformaba en líneas faciales de asombro al presenciar un vuelo retomado. Obvio, no todo era tan lindo, porque no sólo las indefendibles mariposas entraban a nuestros bares de altura. Cuando veías una avispa y otra y otra dentro de la misma red, sabías que ibas a estar un buen ratito allí. Así que, en lo que procurabas alejar a la mariposa para poder tomarla sin que las avispas se creyeran demasiado y supusieran que eras un simple fanático buscaproblemas, tu cuerpo permanecía en suspenso tenso, tus ojos se cansaban de ver por dónde se movían las abejas tácticas y tu respiración era mucho más audible de lo habitual. Sin embargo, ¡bendito placer al lograr el cometido de sacar a las mariposas! Nada como salir ileso de una misión de rescate cuya causa principal fuiste tú. Bueno, no es por presumir, pero no me picó ninguna avispa.  Al final de la jornada, hicimos lo que pudimos y conseguimos una experiencia difícilmente olvidable. ¡Qué bonita es la carrera que nos ha permitido ese momento! ¡Qué canijas las avispas que harta concentración me infundieron! ¡Qué bonita es la vida! Sebastián Medina es estudiante de la licenciatura en Ecología ***

21 diciembre, 2024 0

Ecocuentos: segundo cuento

Por: Sebastián Medina Reyes* Es común que las sensaciones que las cuevas nos provocan estén asociadas a lo incómodo y desagradable. La falta de luz solar, la humedad, los estrechos corredores y galerías así como el aparente silencio que en ellas dominan favorecen una percepción desfavorable que no atrae a la mayoría del público a hablar de ellas como se habla de los frondosos bosques o las cinemáticas playas. No obstante, creo que ellas también merecen nuestro amor, pues en ellas yacen dotes confeccionados de misterio, entusiasmo y maravillas. Me han dicho que somos seres visuales y eso se corrobora de alguna forma cuando se ingresa a lo profundo de una cueva. A menos que se posea un oído agudo, lo cierto es que la reacción de nuestra carne ante cualquier estímulo externo se ve gravemente limitada por la falta de percepción visual, de manera que daría lo mismo si los párpados permanecieran cerrados. Al adentrarse en las entrañas del mundo, uno se desampara de su aliado más constante y lleva a cuestas los pensamientos que la gente esparce sobre esos sitios: que si allí abajo hay monstruos, que si son lugares turbios, que si quien entra sale o por infortunio nunca sube y un largo etcétera. Apartándonos de lo que se habla, lo cierto es que la luz no llega allí como lo hace en la superficie, así que la única manera de ver tus pasos aparece con la luz artificial. Y, vaya que con ella logras ver un mundo completamente distinto. Hay muchas cuevas y caminos subterráneos en nuestro planeta, pero este cuento está situado en Yucatán: una tierra mágica que se extiende incluso por debajo del venado y del faisán. Uno de los atractivos más bonitos e importantes del estado recae en su acuífero subterráneo: sistemas de cuevas inundadas e interconectadas entre sí gracias a las características de su suelo, a su conexión tanto con la superficie como con el mar y a una historia geológica oscilante y fascinante. Este acuífero se extiende por kilómetros inundados y ,curiosamente, sustenta la vida de numerosas especies. Puede que las cuevas, las cavernas e incluso los cenotes den un poco de miedo, pero tal vez con este cuento se exprese un poco de lo positivo que puedo pensar de estos espacios. Amor subterráneo Yacía allí la pequeña y flaca estalactita; inmóvil, paciente y en crecimiento. El nivel del agua había decaído a varios metros por debajo de ella ya hace miles de años, de manera que la roca caliza que debajo había estaba desprovista de su gruesa cobija de agua. La estalactita no conocía nada ni sabía nada, sólo sentía el constante roce de las gotas de agua provenientes de varios metros arriba y escuchaba su rompimiento sobre el suelo varios metros abajo. Fue ella, el agua, que medió la precipitación del carbonato cálcico, del cual está hecho el cuerpo de la estalactita. Qué amables las gotas, cada una llevando un regalo químico antes de desaparecer en la oscuridad imperante y despidiéndose con el estruendo de su impacto en un suelo invisible. Cada uno de estos aportes favorecía el ensanchamiento y elongación de la estalactita, mas todo ocurría sin que nadie de la superficie supiera, oculto de los animales de arriba y en un silencio únicamente roto por el impacto contra la roca de numerosas gotas de agua. Había más estalactitas, pero no hablaban entre ellas, no se veían entre ellas, sólo crecían y oían.  Pasaron cientos, miles de años, y la estalactita era ya como una maciza rama que veía hacia abajo. Medía cerca de tres metros; en ella permanecía el constante y diminuto riego y de ella brotaba el incesante goteo. Las estructuras vecinas eran largas también, diferentes en tamaños y grosores, mientras que  algunas otras apenas comenzaban a emerger. Ninguna estalactita se aburría, estaban acostumbradas al silencio, pero éste jamás se volvió sofocante. De hecho, el sonido de ese sitio era una gran sinfonía que sólo crecía y crecía conforme más agua disolvía el poroso techo de la cueva. La gran oquedad de la cueva intensificaba el sonido y le donaba eco a cada nota, permitiéndole así resonar entre las galerías. Entre más agua entraba, más estalactitas se formaban y cada una era un monumento a la invasión del agua en lo profundo de la Tierra. Pero, un día pasó algo extraño. La estalactita sintió algo justo por debajo de ella: una gota de agua disparada en dirección opuesta a aquella de la que su punta se desprendía. Fue la primera vez que se sorprendió así como el primer momento en que dejó de prestar atención a la lluvia interna de la cueva para percatarse de que esa sensación ya era algo constante. ¿Qué estaba pasando? Nada de eso había sucedido durante miles de años. La estalactita, por primera vez, estaba ansiosa y encerrada en un concierto de suposiciones tan constante como el goteo que la atravesaba y la rodeaba. Así siguió hasta que un día simplemente aceptó esa condición sin preguntarse más y regresó a prestar atención al “silencio”. Pero de pronto, ¡algo nuevo! Ya no había gota rebelde que la tocase de abajo hacia arriba, pero sí la presencia de otro espeleotema producto del tiempo y del goteo de la estalactita: una estalagmita justo por debajo de ella. El agua y los elementos que en ella había o rompía no sólo le habían regalado a la estalactita su fornido cuerpo, sino que también le regalaron una hermana, que, en dirección opuesta, ascendía y ascendía y ascendía hasta que se unió con la estalactita y se hicieron una sola columna. En ese momento, ya no hubo más goteo en ese específico punto de la cueva y las demás notaron esa ausencia. Ahora sí se había apaciguado una gota de la gran sinfonía y el agua, de ese momento en adelante y en lugar de romperse por la caída, recorrería el cuerpo de la unión de la estalactita y la estalagmita, fortificándolo y engrandeciendo su unión…

3 diciembre, 2024 0

Ecocuentos: anécdotas para amantes de lo verde y lo diverso

 Por: Sebastián Medina ReyesFotografía de portada: Daniela Zaldívar Mejía** Prefacio ¡Hola! Te doy la bienvenida a este pequeño tomo de anécdotas que me gustaría compartirte. Como estudiante de la carrera de Ecología en la ENES Mérida, he tenido diversas experiencias de naturaleza diversa que podrían serte útiles si estás interesad@ en saber algo de lo que te puede esperar en esta bella licenciatura. De no ser así, al menos deseo que puedan provocarte una sonrisa o engrandecer tus deseos por adentrarte en los misterios de la Tierra.  ¿Qué estás por leer? Bueno, cosas divertidas, interesantes y curiosas, pero sobre todo, un cachito de mi corazón que ha sido acariciado por la naturaleza que nos sostiene momento a momento. Agradeciendo tu interés, te presento el primer cuento:  Sobre piedra, entre mangle y bajo estrellas Hace menos de 2 años, bajo la emanación de intenso calor solar y de cero nubes, un grupo de alumnos de Ecología se adentraba en los territorios de la cabecera municipal de Río Lagartos, en Yucatán. En busca de un sitio para acampar que estuviera alejado del poblado principal, la camioneta en la que ellos viajaban se desplazó hasta una explanada blanca rodeada por manglar en cuyo centro yacía un ojo de agua con un fondo altamente arcilloso. Sin comodidad alguna además de un restaurante con rica comida y la presencia de sanitarios diferenciados con agua constante y excusados, los estudiantes analizaban el escenario sobre el que aplicarían conceptos estadísticos poco afianzados en la práctica. Una vez con las suelas en la blanca piedra, los estudiantes ignoraban la paulatina pérdida de la camioneta en lo que colocaban las tiendas de campaña dentro de las que descansarían más tarde y dejaron a merced del sol la supervivencia de zanahorias bebés y jitomates cada vez más asediados por las ondas de calor constantes. Nota: en campo no hay refrigeradores silvestres. Escoltados por dos académicos, un profesor y una profesora, los estudiantes se preparaban para una experiencia prometedora en donde se pondrían a prueba sus capacidades para generar investigaciones propias. Cayó la tarde y los alumnos, algunos agobiados por el calor, se movían entre el manglar formulando preguntas para su investigación que pudieran responder con lo que los rodeaba. Visionarios en su percepción, el grupo también preveía la dificultad que dichas preguntas supondría en los análisis de datos posteriores; por lo que varias de ellas eran ciertamente desechadas. Ya dentro del manglar, en ese mundo donde los edificios y el concreto son reemplazados por una invisibilidad de ramas, verde y carmín vegetal, y en donde el ruido de los carros es sustituido por un silencio falso si se le presta atención suficiente, los “ecorrucos” (apodo gestado por ser la primera generación de la carrera en la instancia de la UNAM en Mérida) sólo se encontraban entre sí gracias al aire llenado con sus gritos informativos e interrogativos. ¿Dónde estás! ¿Contaste 121 plántulas?… ¿Qué! ¿Ahhh, sí! ¡145!  ¿Dónde quedó Emilia! ¿Qué calor! ¡13 troncos! ¿De cuántos metros era el cuadrante! ¡Mangle rojo, mangle rojo! ¿Qué! ¡Mangle rojo! Uno piensa del naturalista o investigador consumado como el individuo metódico, observador y paciente, pero no se ahonda sobre cómo éste llega a ser así. Una imagen cierta de algunos que aspiran a tal silueta puede formarse mejor con elementos de seres escandalosos, pero motivados. Conforme la entrada de luz cambiaba de sitio a raíz de la danza solar, los ecorrucos continuaban tomando los datos que responderían las preguntas de investigación que ellos mismos se plantearon antes de insertarse en lo desconocido del monte con mangles y cangrejitos. Por su parte, los mosquitos locales, guiados por el dióxido de carbono que de los ecorrucos brotaba, rodeaban a la tropa y la deleitaban con su invasión acompañada de melifluo aleteo. Después de al menos 40 minutos de trabajo, los ecorrucos ya se habían fatigado. “¡Descansito!” La tropa detuvo labores y se redirigió al camino de regreso a la explanada.  De regreso al sitio sin moscos, en la periferia de la explanada donde sí había sombra dado el borde del manglar, el grupo retomó fuerzas para otra actividad donde continuarían con la toma de datos de pH en el agua que ya habían iniciado en la zona en la que se habían adentrado. La tarde continuaba y para cuando ya habían culminado su esfuerzo, los profesores dieron seña de final, con lo que los ecorrucos fueron liberados de sus labores académicas y se desataron a hacer lo que quisiesen. Unos comieron, otros nadaron en el ojo de agua central, otros descansaron en las tiendas de campaña… Tiempo después, el sol ya se despedía, no sin dejar un regalo de partida además de su último desplazamiento del día: un cielo multicolor a base de una paleta cálida, que poco a poco se enfriaba hasta dar paso al único tono nocturno. La ecotropa estaba lista para la noche, o al menos eso creía. Acompañados de una fogata, los ecorrucos y sus profesores bailaron, cantaron y compartieron alimentos por un rato hasta que llegó la hora de descansar. Antes de ello, algunos extinguieron las brasas del fuego que atestiguó y alumbró su diversión. Los profesores ya se habían retirado a sus tiendas de campaña.  Afortunadamente, varios decidieron observar la cúpula sobre sus cabezas sólo para terminar maravillados por la cantidad de estrellas que los observaban miles de años luz aparte. No era la primera vez que lograban ver abundantes estrellas en una salida de campo, pero daba la impresión de que tener ese privilegio siempre representaba una nueva primera vez. Los ecorrucos conocedores de las constelaciones compartían sus conocimientos mientras otros atendían ya sea a sus comparticiones o simplemente a la magnitud que el cielo emanaba. No hay duda de que tanta estrella en la bóveda celeste enciende las internas, de forma que en ese momento, no hay problemas ni molestias, sólo estrellas. En ese momento, también había hermandad y ésta se sentía aun cuando los ojos y miradas del grupo admiraban lo de arriba. Algunos aún se…

12 junio, 2023 0

Rhizophora

Por Francisco Guerra Martínez* Pese a la oriunda tempestad que azota de cuando en cuando, como si nadapudiera siquiera torcer la notable ansiedad de buscar el camino de regreso, de lamemorizada trayectoria hacia la madre, fúlcreo, así me mantengo impávido ante ladesvergüenza, como tú, Rhizophora. Después de todo me forjé firme con menos néctar, cuasi trémulo, zarandeado ydubitativo recorrí el fango, por eso ni siquiera lo salobreño de tus labios meespanta ni mucho menos me acostumbra, pero sí me fatiga tu ausencia, como a ti,Rhizophora. Y cuando taladras e intentas pudrir, pereces, sucumbes ante el despertarfulgurante que me vio renacer, infestas, pero los zancos se levantan y se muevenhacia la luz, se dirigen lejos de tu perversión, de tu languidez que trata deasfixiarme, como a Rhizophora. Y pululan nutriéndose, joviales, buscando la conquista, confundidos, pero laturbidez es usual al eclosionar, saldrán, algunas revolotearán lejos, otrascaminarán, así como crecí y no podrás contra Rhizophora. No será fácil, será amarga tu caída, pero necesaria, los neumatóforos alimentarántu derrota, y a veces titubeo al pensarlo, ya no luches, la sombra de Rhizophoraapaciguará tu disputa. Quizá mueras, quizás el aire, el agua o alguien te llevará, te levantarás lejos deRhizophora, vivirás en paz, como siempre lo quisiste, como siempre lo deseaste,donde aquella no ha despertado. *Profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad Mérida, de la UNAM. Es apasionado de la escritura, la divulgación y la comunicación de la ciencia.

3 abril, 2023 0

Naturaleza intervenida

Por: Daniela Tarhuni* No es tierra firme, tampoco mar. Es una transición. Es cambio y evolución de un estado a otro. Ahí sucede un encuentro, inestable y tempestuoso entre lo dulce y salado. Un campo de raíces enmarañadas sobre la superficie de los canales donde la vida prospera en una compleja interconexión natural. Hoy, un triste reflejo de su vitalidad original. Perturbados, fragmentados, deforestados Hoteles de lujo, campos ganaderos y de maíz, Viviendas miserables que emergen a la superficie, igual que las raíces enmarañadas que antes existían ahí. Pérdidas irrelevantes, dicen. La costa es un paraíso. Y en su belleza reside el peligro que la amenaza. A fin de cuentas, en el ciclo de la vida, y con sus tupidas e intrincadas raíces, son protectores, de una delicada interrelación de criaturas, plantas y alimentos. Son una zona de transición, pero también de resistencia. * Daniela Tarhuni es Técnico Académico en el área de Divulgación de la Ciencia de la ENES-Mérida, UNAM.

13 marzo, 2023 3

Sin nombre nunca

Por: Naomi Martínez León Despierto, qué mal estoy.Hace frío y estoy sudando,me duele cada paso que doy,pero no debo estar descansando. Despierto en la oscuridad,la mañana debería ser amarilla.¡Arriba! Ignora tu ansiedad,olvida lo que ya no brilla. En mi garganta hay un dolor,qué curioso, siempre callo.Mi corazón se cree tambor,tengo miedo, ¿hay un fallo? Me siento tan encerradapor todo este concreto.¡Silencio! Escucho una llamadala sigo con paso discreto. ¡Qué sorpresa este azul envolvente!Ese, donde las nubes bailan a su ritmo, donde cada parvada crea su corriente.Ese, para unos la esperanza, para otros lo frecuente. Siento que de mi piel gotas desaparecenpor el suave abrazo que de la brisa recibo.Es un contacto que a mi alma enternece,me conforta sin ser intrusivo. Veo gente pasar con prisa,asumen el cielo, ignoran el viento.Hay mucha angustia y poca risa,correr tanto los priva de aliento. Lo recuerdo a él con facilidad,condenado la rutina y rapidez,escuchando lo bello de la oscuridad,retratando del día la nitidez. Y con esto, la recuerdo a ella con anhelo,tenía a veces la mirada perdida,veía hacia la puerta, veía el suelo,le costaba dirigirse a la salida. Te recuerdo, ¿le debía temer al blanco de tu piel?Te miré, guardabas lágrimas como las mías.Me viste, ¿por mi morena tez podrías ser cruel?,me miraste, yo también tenía alegrías. Olvido a quien alguna vez mintió,quien me dijo que debía alcanzarte,¡Basta de correr! Al fin mi cuerpo entendióque en tu paso no debo imitarte. Me siento, miro una hormiga,hay nada y todo a mi alrededor.Cierro y abro los ojos, el sol me abriga.Descanso, estoy mejor. * Naomi Martínez León es alumna de la Licenciatura en Ciencias Ambientales de la ENES-Mérida, UNAM. El poema surgió a partir de la realización del trabajo final de la materia Naturaleza, Cultura y Sociedad, a cargo del profesor David Montoya López, en Tercer semestre de Ciencias Ambientales, en el cual se nos alentó a salir de los trabajos convencionales y explorar nuevas formas de plasmar nuestras reflexiones, pues, como futuros ambientólogxs, el arte y la sensibilidad también es parte importante en nuestra formación.El poema es un viaje por mis reflexiones en un día de malestar, pero a pesar de plasmar sentimientos personales y vivencias propias, es libre de ser interpretado como cada persona guste (de ahí que el título evite encasillarlo en una sola idea). Sobre la imagen: La foto que se encuentra al centro muestra a mis papás descansando y conversando, mirando la calle y el atardecer después de haber tenido que talar un árbol.La foto de fondo es una vista parecida a la que tuve mientras escribía este poema, una imagen que me ayudó a despejarme y a escribir mis sentimientos.

1 diciembre, 2022 2

Los tres destinos

Por: Ximena García Pérez, María Fernanda Ortega González , Sharon Melissa Poot Martínez, Iván Emmanuel Torres Ruíz* Descarga el cuento en PDF En un caluroso y triste lunes, cientos de aves fueron capturadas y colocadas en pequeñas y apretadas jaulas oxidadas dentro de un vehículo donde apenas podía pasar la luz del Sol. Habían aves de distintas especies, con 15 en cada jaula, también, otras que viajaban al interior de cajas de cartón con pequeños orificios en las tapas, impidiéndoles respirar con aquella libertad que gozaron antes de ser capturados, por otra parte, aquellos que tenían un gramo más de suerte, se hallaban en jaulas de muy pequeñas dimensiones para sí mismos. Ese fue el caso de Grat, un joven perico que al igual que otros estaba confundido por el alboroto de las asustadas aves que no sabían qué estaba pasando, entre el tumulto logró distinguir el suspiro derrotado y las quejas de un perico adulto cuya voz era profunda y distintiva que, aunque la visión ahí era limitada para la mayoría de las aves, Grat logró ver que en aquel perico se distinguía una mirada triste, derrotada y sin esperanza, este al sentir la mirada del jóven perico le preguntó secamente:–¿Qué?–Tengo mucho miedo -respondió temeroso y con mirada baja.–¿Cuál es tu nombre?–Me llamó Grat, ¿cuál es su nombre, señor? -respondió temeroso.–Soy el Señor Auropalliata, pero puedes decirme Auro.Grat se sintió poco a poco más asustado y ansioso por el desconocimiento de su destino y el ambiente lúgubre del lugar en el que se encontraba, después de un rato, indeciso le preguntó a Auro:–Disculpe, señor Auro, ¿sabe en dónde estamos? –el perico soltó una risa burlona y sin alma tras escuchar la pregunta.–No lo sé con certeza, pero definitivamente no todos llegamos al mismo destino –respondió e hizo una pausa, al percatarse de la cara cada vez más afligida de Grat continuó– Escucha muchacho, no pretendo asustarte, pero te contaré una historia. Y así, comenzó el relato del Señor Auro:–Tiempo atrás en nuestro bosque, vivía una periquita muy bella, como su nombre, Amazona, sin embargo, todos la conocían como Zona, ella era jóven y vivaz, muy amable, era amiga de casi todos los animales del bosque, pero también era tenaz, valiente y buena recolectora. Zona, solía salir todas las mañanas a dar un vuelo matutino, le encantaba el aire de la mañana y ver como el bosque se despertaba, a menudo volaba con su padre y juntos conseguían semillas al terminar sus paseos. Los días pasaban, lentos y calmados aunque agradables, ambos estaban acostumbrados y eran felices con esa rutina. >>Una mañana fue diferente al resto, Zona y su padre despertaron para su paseo matutino, sin embargo, en cuanto salieron notaron que había algo distinto, el aire se sentía pesado y el bosque estaba extrañamente silencioso, al padre de Zona le pareció bastante inquietante, pues nunca en su vida había visto un bosque sin ruido, por un momento dudó en continuar el paseo y pensó en que sería mejor idea regresar al nido, podrían buscar su alimento por la tarde cuando el bosque recobrara su actividad, sinembargo, esa extraña y particular quietud le pareció hermosa a Zona. Pensó que era un día como ningún otro y que debían explorar los cielos en ese silencio que ella encontraba encantador. –Auro se detuvo y el relato cesó un momento, su mirada parecía perdida y especialmente triste, sin embargo en sus ojos había una pequeña chispa que parecía no ser de tristeza, sino más bien de nostalgia, entonces continuó– Esa era la naturaleza de Zona, incluso en días tristes o extraños, ella lograba ver las cosas con otra perspectiva, felices. Al final, el padre al ver a su hija entusiasmada decidió dejar de lado sus pensamientos y se convenció de que tal vez la edad lo había vuelto paranoico, que incluso probablemente su instinto ya no era tan agudo como en días pasados y que todo estaría bien. >>Continuaron y todo iba con normalidad, realmente la mañana era distinta y si uno lograba olvidar los malos pensamientos, se podían apreciar las cosas tal y como Zona las veía, eso rondaba en la mente de su padre quien se encontraba inmerso en sus pensamientos, y en ese instante volteó al escuchar un fuerte grito, y notó que su hija había desaparecido, miró en todas direcciones, buscando en las ramas de los árboles, ansioso, con sus ojos escaneando los alrededores y antes de entender lo que pasaba y dónde estaba su hija, de forma súbita sintió cómo algo lo tomaba, intentó con desesperación soltarse de aquello que lo detenía sin obtener resultados, cayendo dentro de un objeto frío y metálico, quedó inconsciente y después, al despertar había una inmensa oscuridad en ese lugar desconocido y una vez que su vistalogró acostumbrarse, descubrió que estaba dentro de una jaula con otros pericos, estaba muy asustado, pero todo fue aún peor cuando al voltear notó que su hija también estaba ahí, con más de 20 pericos jóvenes en una jaula más pequeña que la suya, la llamó por su nombre, le gritaba una y otra vez, pero a causa de los fuertes ruidos de las otras aves cautivas, Zona nunca pudo escucharlo. Había caos, todos estaban extremadamente asustados y no dejaban de gritar, no se sabe que pasó pero hubo un movimiento muy fuerte y la jaula donde se encontraba Zona golpeó tan duro que cayó bruscamente junto con otras jaulas, su padre estaba horrorizado y vió cómo otras cajas y jaulas llenas caían sobre la jaula de Zona, terminando así por asfixiarla junto con otras aves, ese fue el momento más horrible de su vida. –Auro suspiró una vez terminada la historia.–Ésta solo es una de las posibilidades del destino que nos podría deparar, no tengo muchas esperanzas, niño, así como yo, deberías entender que el destino que nos espera no puede ser bueno en este lugar. –agregó. Lejos de consolar al jóven Grat lo dejó aún más perturbado al percatarse que se encontraba en…