Los rostros de la música en la religión
25 junio, 2026Por: Julieta Goitia Sánchez*
La religión es, a mi parecer, uno de los fenómenos más fascinantes y complejos construidos por la humanidad. Fascinante, por su riqueza manifestada en deidades, ritos en las fases de la vida, algunos principios, tradiciones y símbolos. Complejo, por su uso histórico, aplicado por unos para organizar al resto de la sociedad, justificando acciones e intereses particulares desde la moral religiosa, como las guerras, abusos de poder o control social a través de las instituciones eclesiásticas, públicas y privadas. No obstante, pienso que no todo el mundo es tan rapaz, porque también la religión ha sido un medio para acercarse y vivir, desde diferentes rutas, aquella concepción trascendental a lo humano: la dimensión espiritual.

Una de esas manifestaciones es la música, nuestra acompañante en solitario y en grupo. Se trata de una experiencia cuyo límite no permanece en el aparato auditivo y táctil, sino de una corriente que atraviesa nuestro cuerpo, mente y alma. “Cada sistema de creencias religiosas estará asociado a formas musicales diferentes de acuerdo con las condiciones culturales de los individuos que la practiquen, sea a través de cantos o de sonidos meramente instrumentales (García, 2016: 226).” Uno de esos elementos es la transformación de los “protocolos” dentro de espacios religiosos. Para ilustrar, comparto algunos recuerdos.
Vengo de una familia católica. Mi abuela me contaba que, en tiempos de su mamá, las misas se decían en latín con el padre de espaldas a los feligreses, las mujeres llevaban velo, había música sacra con órgano, y solo se cantaba en misas solemnes a la Virgen, a los santos o en bodas. Mi papá y mamá me platicaron sobre algunos cambios; alrededor de los sesenta ya se oficiaban las misas en español (según el país), se incorporaron otros instrumentos y tipos de cantos, y se modificaron los requisitos de vestimenta.
Ahora bien, el relato sobre mi bisabuela me remite a los tiempos de Robert Johnson, el mito encarnado que interpretaba blues en un entorno donde se rechazaba a quien lo tocara. Aunque los contextos son diferentes, coinciden en la solemnidad de la música dentro de las iglesias y cómo ciertos estilos han sido mirados, permitidos y restringidos. Cuenta la leyenda que el joven no tocaba muy bien, pero hizo un trato con el diablo para convertirse en el mejor guitarrista. El documental ReMastered: La encrucijada del diablo, dirigido por Brian Oakes en 2019, pone sobre la mesa una investigación detectivesca cuyo fin es destapar el aura misteriosa del músico.

Intérpretes, fanáticos e investigadores se sumergen en documentos, piezas musicales, llamadas con vecinos del cantante e incluso su descendencia. Johnson tuvo una vida nómada recorriendo el sur de Estados Unidos, donde la esclavitud y persecución de la población afroestadounidense era latente y normalizada.
Durante la década de 1910, vivió el arduo trabajo en el campo, pero el blues fue el bálsamo compartido con otros miembros de su comunidad en el ámbito público. No obstante, la iglesia cristiana lo veía como música diabólica. Dicha carga acompañó a Johnson, y más tarde la adaptó como parte de su imagen hasta el final. Además de la música, el vudú como tradición permitía a las comunidades afroestadounidenses usar la magia como elemento de poder y control dentro de la opresión que vivían. Esto nos demuestra la posibilidad de encuentro entre los sistemas de creencias. Si giramos el ángulo a las prácticas institucionales, García (2016) explica que hay una interferencia entre la reflexión teológica ortodoxa y la experiencia propia, porque los grupos locales forman su carácter propio para manifestar sus vivencias religiosas.
En mi caso, la música religiosa (católica y cristiana) me ha acompañado en las misas, pero también en la tertulia familiar. De repente cantaba alguna hermana acompañada de su guitarra mientras nos preparábamos para la jornada. O también resonaba una voz profunda y sensible a Dios al estar de visita con mi tía mientras preparaba el desayuno. Dichas melodías son el resultado de la transición de la posición conservadora de las instituciones e industria musical cristiana, al observar que, si quieren converger con el acercamiento de la fe de las comunidades creyentes, como menciona García (2016), habrían de reflexionar cómo estas llevan sus prácticas religiosas a través de la música, creando un sentido de pertenencia histórica y social. De igual forma, cada persona explora y crea sintonía con alguna pieza cuyo efecto conecta con el ser en el que cree.
Al final, veo a la música como un portador multifacético de mensajes y un punto de encuentro activo tanto en la búsqueda personal como comunitaria de lo trascendental.
Referencias
García, J. (2016) “Los sonidos de la fe”: Transformaciones de las prácticas musicales de los cristianos en México”. Revista Cuicuilco, 23 (66), mayo-agosto, ENAH, México, pp. 223-243.
Oakes, B. (2019). ReMastered: Devil at the Crossroads. [Documental]. All Rise Films and Triage Entertainment.
Imagen 1: Tomada de https://www.facebook.com/photo/?fbid=1253605263477262&set=a.555748549929607
Imagen 2: Tomada de https://www.lavanguardia.com/peliculas-series/peliculas/remastered-la-encrucijada-del-diablo-553645
Julieta Goitia Sánchez es estudiante de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la asignatura “Expresiones y registro de la diversidad cultural IV” a cargo de la Dra. Marcela Corredor Palacios y del Dr. César Guzmán Tovar.

