De la Plaza México al k’ax che’
28 agosto, 2026Por: Daniela Tarhuni*
Hoy de madrugada, vi que una amiga periodista compartió en su timeline una nota sobre la marcha convocada en Yucatán “a favor de las corridas de toros en municipios”. Pero más que la noticia, lo que me hizo detenerme fue la pregunta que ella dejó abierta: ¿por qué las defienden tanto? Decía que quería escuchar argumentos, tratar de entender.
Mi primera reacción fue bastante automática: yo estoy a favor de que desaparezcan las corridas de toros. Y es que esa certeza tiene una historia.
Hace casi treinta años, cuando estudiaba periodismo en la universidad, un profesor —periodista de la vieja escuela, lo que sea que eso significara— nos mandó a hacer una crónica de una corrida. Así que fui a la Plaza México.
En mi familia, de alguna manera, las corridas formaban parte del paisaje. Mi mamá y mi abuela me contaban que los domingos, cuando iban a visitar a mis bisabuelos, la familia solía reunirse a ver los toros. En mi casa no era propiamente una costumbre, pero sí recuerdo algunas tardes de domingo viendo alguna transmisión de Televisa, obviamente. Nunca me gustaron especialmente, pero tampoco eran algo ajeno para mí. Conocía la lógica elemental de la lidia, sabía qué eran las banderillas, la estocada y todo aquel ritual que la televisión convertía en espectáculo.
Según yo, sabía de qué iba aquello… Nada más lejos de la realidad.
Ver una corrida en vivo hizo visible todo lo que la pantalla conseguía mantener a cierta distancia: el progresivo debilitamiento del animal, las heridas, la sangre, una muerte que no siempre era inmediata y, finalmente, el cuerpo del toro arrastrado fuera del ruedo mientras alrededor continuaba la fiesta. Y luego estaba el clasismo. La gente de los palcos, la impostura, las botas de vino, los Ray-Ban, los sombrerotes… en fin, toda una puesta en escena que a mis veintitantos me resultó bastante evidente. La corrida no ocurría solamente en el ruedo: también estaba en las gradas, en los gestos, en quién ocupaba qué lugar y en esa sensación de que buena parte del asunto consistía en mirar, pero también en ser visto mirando.
Total, que recuerdo haber salido de ahí pensando que no quería volver a una corrida.
Eso no significa que no pudiera reconocer la técnica o el valor que exige ponerse frente a un toro. Conocí incluso a la hermana de un amigo que era torera y me fascinaba la idea de una mujer ocupando un espacio históricamente tan masculino. Había sido corneada al menos una vez. El riesgo era real y la destreza también. Pero para mí había una frontera bastante clara: podía reconocer todo aquello sin aceptar que el animal tuviera que ser herido y finalmente muerto como parte del espectáculo.
Por eso dejé de ver corridas y desde entonces he pensado que estaría bien que desaparecieran.
Lo que no esperaba era que, casi treinta años después y viviendo en Yucatán, una discusión sobre los amparos contra las corridas me hiciera descubrir —más o menos a las cuatro de la mañana, mientras veía en Facebook el post de mi amiga— que había una pregunta anterior que nunca me había hecho: ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de “corridas de toros”?
Porque resulta que la corrida que yo conocí en la Plaza México no alcanza para explicar lo que sucede en muchos pueblos de Yucatán.
Una plaza que se construye para desaparecer
La primera diferencia salta a la vista antes incluso de que aparezca un toro: el tablado.
En muchos pueblos yucatecos, para la fiesta se levanta un tablado. Nuestro colega y profesor Julián Dzul, recoge también los términos mayas k’ax che’ o k’axbi che’, “palos atados”. Cuando la fiesta termina, el tablado se desmonta. Los llamados palqueros construyen por secciones grandes estructuras de madera y palma utilizando técnicas y conocimientos transmitidos entre generaciones. Cada palquero se responsabiliza del armado de una fracción del coso y, durante la fiesta, administra ese espacio.
El Dr. Aurelio Sánchez ha estudiado precisamente estos tablados como arquitectura vernácula efímera y ha mostrado cómo saberes empleados en la construcción tradicional maya fueron trasladados a estos espacios temporales asociados con las fiestas patronales. Un proyecto presentado en el Pabellón de México de la Bienal de Arquitectura de Venecia llegó a documentar más de un centenar de localidades yucatecas donde se construyen este tipo de estructuras. En algunos casos, como Tunkás, las secciones levantadas por distintas familias se sostienen unas con otras: una arquitectura que, casi literalmente, materializa relaciones de interdependencia comunitaria.
Pero el tablado es mucho más que una peculiar plaza de toros hecha de madera.


En la etnografía de Julián, el k’ax che’ aparece como uno de los signos más visibles de que el pueblo ha entrado en tiempo de fiesta. El santo patrono puede visitar el ruedo y los toros pueden ser ofrecidos como promesa para pedir un favor o agradecer uno recibido. El espacio articula así dimensiones religiosas, lúdicas y comunitarias que difícilmente aparecen cuando pensamos en una plaza taurina convencional.
En algunas localidades se planta en el centro del ruedo un ya’axché, una ceiba, árbol cargado de significados en la tradición maya y al que, en las descripciones contemporáneas del baxal toro, se le atribuye también una función protectora para quienes entran al coso.
Una ceiba en medio de un ruedo debería bastar para saber que no estamos simplemente frente a la Plaza México reproducida en pequeño en un pueblo de Yucatán. El toro llegó de Europa. La corrida también. Pero aquello que las comunidades han hecho con ellos —cómo construyeron el espacio, cómo lo nombraron, cómo lo incorporaron a la fiesta patronal y a sus propias formas de relación ritual y comunitaria— produjo otra cosa.
Pay wakax, baaxal wakax y otras maneras de relacionarse con el toro
Nuestro compañero Julián dedicó su tesis de maestría a mirar las fiestas patronales yucatecas precisamente desde las corridas de pueblo. En Gustar la fiesta desde el ruedo utiliza pay wakax para referirse a estas corridas y propone entenderlas no como un espectáculo aislado, sino como una ventana hacia la vida festiva de las comunidades.
También aparece el baaxal wakax o baxal toro: un juego con vaquillas o toros cebúes en el que participan hombres del propio pueblo, no necesariamente toreros profesionales, y cuyas formas varían entre localidades. En Tizimín, por ejemplo, las personas entran al ruedo para correr, esquivar al animal o improvisar suertes.
Ni siquiera existe una única forma “maya” de relacionarse con el toro. En Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, el baxal toro el animal ni siquiera está presente: una persona porta una estructura de madera que lo representa. Hasta los nombres cambian de significado según el lugar.
Además, la corrida forma parte de algo mayor y es parte de lo que se reconoce como una fiesta “tradicional” integra vaquería, corridas, bailes, misas, novenas, procesiones y gremios.
Así que la pregunta de mi Lilia comenzó a cambiar de sentido: cuando alguien dice que está defendiendo “nuestras tradiciones”, ¿qué está defendiendo exactamente? ¿El tablado, los palqueros, la fiesta patronal, las promesas, la música, la vaquería, la memoria comunitaria? ¿O específicamente la posibilidad de herir y matar al animal? Porque evidentemente no son lo mismo.



… y entonces, apareció el conflicto actual
Y es que el post de Lilia se refiere a la controversia jurídica alrededor de estos festejos en Yucatán. Durante agosto de 2026 se han promovido amparos relacionados con actividades taurinas en Tixkokob, Temozón, Muna y Seyé. Las resoluciones conocidas hasta ahora no equivalen simplemente a prohibir las fiestas patronales o cualquier actividad con toros: han puesto en cuestión, sobre todo, los instrumentos y prácticas destinados a herir, provocar sufrimiento o causar la muerte del animal.
En Muna, una corrida de postín terminó cancelándose; en Seyé, en cambio, el ayuntamiento anunció que los festejos continuarían respetando las restricciones contra el maltrato. Y detrás aparece una tensión jurídica interesante: la Ley para la Protección de la Fauna del Estado de Yucatán remite los espectáculos con animales a los usos y costumbres de las comunidades y a los reglamentos municipales, mientras que desde diciembre de 2024 el artículo 4.º de la Constitución mexicana establece expresamente que queda prohibido el maltrato a los animales.
Así que quizá la pregunta ya no sea simplemente ¿corridas sí o corridas no?, sino ¿qué parte de una tradición estamos intentando conservar?
Cultura no significa inmovilidad
Después de leer todo esto, mi postura frente al sufrimiento animal no cambió demasiado. Sigo sin encontrar una justificación para herir deliberadamente a un toro y convertir su agonía o su muerte en espectáculo. Y es que creo que el problema reside en que quizá estamos metiendo demasiadas cosas en la misma canasta. La tauromaquia, el pay wakax, el baaxal wakax, los tablados, las fiestas patronales y los distintos juegos con toros no son lo mismo. Y esa generalización puede servirle a todo mundo para llevar agua a su molino: tanto para presentar cualquier práctica taurina como una tradición intocable, como para imaginar que todo lo que ocurre en un k’ax che’ equivale a la corrida que yo vi en la Plaza México.
Reconocer esas diferencias tampoco significa que una práctica quede fuera de discusión por llamarse “tradición”. La investigación de Julián propone entender los cambios de estas fiestas no como una simple “pérdida cultural”, sino como parte de la transformación normal de un fenómeno social vivo.
Y en Yucatán ya tenemos otros ejemplos interesantes. Recordemos que en 2015, el Kots Kaal Pato de Citilcum fue denunciado por crueldad animal debido a prácticas que incluían el sacrificio de patos y otros animales. La fiesta, sin embargo, no desapareció: las prácticas crueles fueron sustituidas y en 2026 la comunidad cumplió diez años consecutivos celebrándola sin maltrato animal… no sin tensiones (eso va en otro artículo).
Pero lo importante es que una tradición puede cambiar sin dejar necesariamente de ser tradición. Hace muchos años, igual, siendo universitaria, leí a Norbert Elias y Eric Dunning que analizaban cómo prácticas como el fútbol, el boxeo o incluso la caza del zorro fueron transformándose a medida que cambiaban las reglas, el control de la violencia y los umbrales sociales frente a ella. No hablaban de las corridas yucatecas, evidentemente, pero la pregunta sobre qué cantidad de violencia considera aceptable una sociedad dentro del entretenimiento permanece y aplica para muchos casos.
Más o menos a las cuatro de la mañana empecé leyendo el post de Lilia convencida de que sabía qué significaba estar a favor o en contra de las corridas. Después de andar entre pay wakax, baaxal wakax, k’ax che’, palqueros, amparos y ceibas plantadas en medio de los ruedos, sigo teniendo muy clara una cosa: no quiero volver a ver morir a un toro, pero ahora agregaría algo: para defender al toro no necesito negar el valor cultural de todo lo que ocurre alrededor de él. Y para defender una tradición tampoco tendría que ser necesario defender cada una de las prácticas que históricamente la han acompañado.
Entonces, quizá, la pregunta no sea simplemente si estamos a favor o en contra de “las corridas”, sino algo muchísimo más complejo: ¿qué queremos conservar de la tradición y por qué tendría que ser precisamente el sufrimiento del animal una de sus partes intocables?
Pd. ¡Lilia, gracias! 🙂
Referencias:
- Dzul Nah, J. M. (2019). Gustar la fiesta desde el ruedo: Vivir y (re)pensar las celebraciones patronales de Yucatán a partir de las corridas de toros [Tesis de maestría, Universidad Nacional Autónoma de México].
- Dzul Nah, J. (2021). Los vecinos de este pueblo quieren fiesta: Celebraciones patronales y corridas de toros durante la prohibición revolucionaria en Yucatán. Maya America: Journal of Essays, Commentary, and Analysis, 3(1).
- Medina Hernández, A. y Rivas Cetina, F. J. (2010). Las corridas de toros en los pueblos mayas orientales. Una aproximación etnográfica. Estudios de Cultura Maya, 35, 131–162.
- Sánchez Suárez, A. (2015). Los tablados: Arquitectura vernácula efímera de los pueblos mayas. Arquitecturas del Sur, 33(47), 26–37.
- Sánchez Suárez, A. (2020). Paisaje cultural efímero. El patrimonio vernáculo maya en su relación con el territorio. Arquitecturas del Sur, 38(57), 74–89.
- Elias, N. y Dunning, E. (2014). Deporte y ocio en el proceso de la civilización. Fondo de Cultura Económica.
- Maldonado, J. (2019, 10 de julio). Baxal Toro, antítesis de la fiesta brava que es tradición maya. La Jornada Maya.
- Por Esto! (2019, 2 de enero). Tradicional baxal toro.
- Por Esto! (2024, 3 de enero). ¿Qué es el baxal toro, la tradición yucateca en los cosos taurinos?
- Procuraduría Federal de Protección al Ambiente. (2015). Interpone PROFEPA denuncia por maltrato animal ante Fiscalía General y Secretaría de Desarrollo Urbano y Medio Ambiente de Yucatán.
*Daniela Tarhuni es técnico académica del Departamento de Humanidades y Sistemas Sociales de la ENES Mérida, UNAM.

