En campo también menstruamos
6 junio, 2026Por: Viridiana Ortiz, Patricia Vicens y Valeria Arciniega
Un recorrido desafiante en un camino de sangre
“Debo pretender estar bien o rendir con la misma energía porque muchas veces se ha invalidado el dolor menstrual”. Este testimonio de una estudiante de la ENES Mérida refleja la realidad que atraviesa el mundo científico. Detrás de estas declaraciones, se esconde un tabú disfrazado de normalidad: la menstruación en la ciencia. Hoy es momento de nombrarlo, enfrentarlo y, sobre todo, visualizarlo.
La menstruación es un proceso natural que viven la mayoría de las mujeres. A pesar de que una de cada tres personas dedicadas a la ciencia es mujer, existe una lucha silenciosa mes con mes en las aulas, laboratorios y campos.
Esta realidad no es ajena a la ENES Mérida. Aquí, la mayoría del alumnado son mujeres y nueve de las licenciaturas incluyen trabajo de campo constante. La convivencia con la menstruación en las aulas, los laboratorios, el mar y los manglares es inevitable: difícilmente alguna alumna no ha menstruado durante una práctica de campo.
La paradoja del 100%
A nivel global, la ciencia dejó de ser un terreno exclusivamente masculino a mediados del siglo XX, cuando las barreras de los laboratorios y las universidades comenzaron a ceder ante el empuje de investigadoras pioneras. Hoy, una de cada tres personas dedicadas a la ciencia en el mundo es mujer, y en América Latina el avance también es notable, con un 44% de investigadoras liderando el conocimiento. Sin embargo, en México, esta conquista de espacios choca con una estructura académica que parece haber olvidado un detalle fundamental: los cuerpos que ahora habitan la ciencia, menstrúan. Lo que las cifras de inclusión nos revelan es que, mientras ganamos terreno en los artículos académicos, seguimos enfrentando una invisibilidad biológica que se agrava al salir al campo, donde la falta de protocolos transforma un proceso natural en un obstáculo silencioso.
En la ENES Mérida, esta presencia es vibrante y mayoritaria en diversas licenciaturas. No obstante, las cifras de representación chocan de frente con una estadística demoledora obtenida en una encuesta reciente a la comunidad menstruante de la institución: el 100% de las participantes afirma que no existen protocolos ni espacios de gestión menstrual en sus prácticas de campo. Es una omisión absoluta. En un entorno donde se planifica cada gramo de material y unidad del equipo, la fisiología de quienes recolectan las muestras parece haber sido borrada del mapa logístico.
Menstruación digna: Más allá de la higiene, un derecho
Hablar de una menstruación digna no es solo hablar de tener una toalla a mano; es hablar de justicia social y derechos humanos. Este concepto implica que toda persona debe tener acceso a productos de gestión menstrual, a instalaciones sanitarias privadas y seguras con agua y jabón, a la gestión de residuos y a información científica libre de estigmas.
En el contexto de las prácticas de campo, la dignidad se fractura cuando el entorno no provee lo básico. Como señala uno de los testimonios: ¿Qué pasa si no tengo dinero para financiar mis artículos antes de la práctica? ¿O si estamos en una zona superalejada y el periodo se adelanta?. Una menstruación digna en la ciencia significa que la institución reconozca que el acceso a estos insumos es tan vital como el acceso a un botiquín de primeros auxilios. Sin estas condiciones, la brecha de género en la ciencia se ensancha, obligando a las mujeres a gestionar solas una situación que debería ser responsabilidad colectiva.



El peso de “cumplir”: El cuerpo contra la evaluación
Una realidad sumamente invisibilizada son los síntomas por los que se atraviesa durante la menstruación; existe una amplia diversidad de experiencias en cuanto a cómo es habitar el ciclo de cada unx y el nivel de dolor por el que se atraviesa, vivencias como: “El dolor era tan intenso que no pude levantarme de la cama”, dijo una estudiante de licenciatura. Estas experiencias permanecen silenciadas, a pesar de que más de una persona ha tenido que pasarlas. Sin embargo, para la gran mayoría de lxs estudiantes y académicxs menstruantes, la opción de ausentarse a una salida de campo debido a la menstruación no es una alternativa real, sino un lujo que no pueden permitirse. La exigencia de “cumplir con el trabajo” persiste aunque no se diga en voz alta y actúa como una mordaza: se prefiere asistir “toda empastillada”, ingiriendo analgésicos potentes para soportar cólicos que impiden laborar con normalidad, con tal de no perder el puntaje de la evaluación o evitar el juicio de un docente. “Debo pretender estar bien o rendir con la misma energía”, confiesa una de las encuestadas. Esta presión por cumplir a toda costa ha normalizado el sufrimiento, obligando a las mujeres a “soportar” síntomas que en cualquier otro contexto serían incapacitantes. Adicional a esto, la inequidad que existe al comparar estas dificultades por las que atravesamos comparadas con las de un varón en la ciencia termina siendo innegable: “…la exigencia hacia las mujeres sigue siendo la misma que la de los hombres, cuando claramente ellos no tienen esta limitante” expresó unx de lxs encuestadxs. Al final, el desempeño no es el mismo; el temor a mancharse y el dolor constante fragmentan la concentración, convirtiendo la pasión por la ciencia en una carrera de resistencia contra el propio cuerpo.
Aprender a la mala: Entre el tabú y la precariedad
La experiencia en campo suele comenzar con incertidumbre. El 53.3% de las encuestadas tiene entre 1 y 3 años de experiencia; son mentes jóvenes enfrentándose por primera vez a la naturaleza y, simultáneamente, a la falta de infraestructura. Los testimonios recogidos dibujan una realidad cruda: El dolor invalidado: Profesores y compañeros que despachan los cólicos con un “venimos a trabajar”,” o “tómate algo”. La logística del silencio, donde estudiantes que deben “mentalizarse” para seguir adelante a pesar del dolor, la inflamación, el cansancio extremo o las defensas bajas. La brecha de confianza: Me da pena acercarme y decir: ‘Oiga, profe…’. Si alguien vomita, es normal; pero si estás menstruando, parece que debes ocultarlo”. El riesgo no es solo emocional o académico. “… De por sí ya somos propensas a ese tipo de infecciones de manera normal en Mérida, pues muchísimo más cuando estamos menstruando en campo por calor y humedad”, mencionó una investigadora y docente. La falta de higiene y espacios adecuados para el cambio de toallas o copas menstruales abre la puerta a infecciones y situaciones de vulnerabilidad física que nadie debería enfrentar mientras intenta descifrar un ecosistema.
Lo que no se nombra no existe
Más de la mitad de las personas menstruantes encuestadas expresaron que hay poca o nula mención del tema en el entorno académico o durante el trabajo de campo, aunque generalmente suele haber una mayor afinidad para abordarlo con personas de confianza y círculos cercanos para brindarse apoyo, compartir algún artículo de higiene menstrual o hablar de la incomodidad que se experimenta. Adicional a esto, las respuestas coincidieron en que el acercamiento con compañeros o profesores no suele ser igual: “Generalmente, cuando hay hombres, se incomodan o evitan el tema; sin embargo, yo lo abordo con normalidad”, respondió unx de lxs encuestadas. Al silenciar estas vivencias de sangrado, se produce un desentendimiento sobre el tema, lo que lleva a la ignorancia y a la enajenación al planear salidas a campo sin mirar las necesidades de todxs lxs implicados, como hizo mención la investigadora y docente Xóchitl Vital: “…es algo que no siempre está en la mente de las personas, que hay quienes necesitan cambiarse la toalla, o hay personas que necesitan lavar su copa menstrual, o que las instalaciones no son propicias para eso”.
La ginopia es la “ceguera a lo femenino” (Evangelina García), a las personas que sangran; ha sido algo que se lleva perpetuando desde siempre. El androcentrismo siempre la causa, ese patrón de exclusión que se ve reflejado en la experiencia y el sentir de más de la mitad de un sector completo que nos muestra instituciones ginopes que minimizan las necesidades y derechos básicos para existir con dignidad, lo que genera desigualdad de oportunidades y un abandono sistémico.



La red de apoyo: La “sororidad” como protocolo
Ante la ausencia de respuesta institucional, ha surgido una infraestructura informal pero poderosa: la red de cuidados entre compañeras. A falta de un botiquín oficial que incluya gestión menstrual, las estudiantes han aprendido a ser su propio sistema de emergencia. “Aprendes a la mala… a llevar tus propias toallas e incluso ya se hace la red de llevar alguna extra por si alguna otra chica la necesita, llevar tus propias pastillas”. Esta autogestión es admirable, pero también evidencia una injusticia. No debería ser responsabilidad exclusiva de la estudiante prever una emergencia en un lugar alejado, especialmente cuando la falta de recursos económicos puede impedir el acceso a estos productos básicos antes de una salida. Hacia una ciencia que reconozca los cuerpos, la demanda es clara y no es excesiva.
La comunidad menstruante de la ENES Mérida propone soluciones tangibles que transformarían la experiencia de las futuras generaciones:
- Botiquines menstruales: Provisión de toallas, tampones, analgésicos, mantas, cambiadores portátiles y contenedores especiales financiados por la institución.
- Protocolos de comunicación: Romper el estigma para que hablar de la menstruación con un docente sea tan natural como reportar una deshidratación, así como nombrarla fuerte y claro.
- Círculos de información: Talleres sobre cómo gestionar la menstruación en condiciones extremas o lugares remotos.
Menstruar en campo no debería ser un “recorrido desafiante en un camino de sangre”. Es hora de que la ciencia baje la mirada del microscopio y la dirija hacia las personas que lo sostienen. Porque nombrar la menstruación no es solo un acto de visibilidad; es un acto de justicia académica y humana. Al final del día, bajo el sol implacable de Yucatán o en la densidad de la selva, estas personas no solo están recolectando datos biológicos o analizando suelos; están sembrando la semilla de una ciencia más habitable. Cada pastilla compartida en secreto y cada testimonio alzado hoy es un recordatorio de que el conocimiento no se produce en el vacío, sino en cuerpos que sienten, sangran y resisten. Transformar las reglas del campo no es solo una cuestión de logística o higiene; es devolverle la dignidad al oficio de descubrir, asegurando que mañana, ninguna joven científica tenga que elegir entre su vocación y su propio bienestar. Porque la ciencia que ignora la vida de quienes la crean, es una ciencia a medias.
“Necesitamos las condiciones para que las mujeres podamos ser científicas”.
-Julieta Fierro, 2024.
Referencias:
Mujeres en la ciencia: víctimas de la desigualdad de género en pleno siglo XXI. (2021, 23 noviembre). Noticias ONU. https://news.un.org/es/story/2020/02/1469451
Vista de Perspectivas y experiencias sobre los retos de la investigación de campo para las mujeres en ciencias de la Tierra. (s. f.).https://raco.cat/index.php/ECT/article/view/432604/526859
Admin, & Admin. (2026, 22 enero). ¿Cómo usar tu copa menstrual sin poner tu salud en riesgo? – Gaceta UNAM. Gaceta UNAM. https://www.gaceta.unam.mx/como-usar-tu-copa-menstrual-sin-poner-tu-salud-en-riesgo/
Admin, & Admin. (2023, 29 mayo). Hablemos de menstruación digna. Gaceta UNAM. https://www.gaceta.unam.mx/hablemos-dReyna, M. (2025, 10 febrero). La ciencia también escosa de mujeres. Oceana México. https://mx.oceana.org/blog/laciencia-tambien-es-cosa-de- mujeres/e-menstruacion-digna/
Staff, I. (2026, 30 marzo). Mujeres en STEM: Panorama de México
2026. IMCO. https://imco.org.mx/mujeres-en-stem-panorama-de-mexico-2026/
Luna Flores, D. E. (2024). La bioética feminista como fundamento teórico de la menstruación digna en México. GénEroos, 2(4), 168–185. https://doi.org/10.53897/RevGenEr.2024.04.07
Viridiana Ortiz, Patricia Vicens y Valeria Arciniega son estudiantes del 8.º semestre de la licenciatura en Ciencias Ambientales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la materia de “Periodismo Ambiental”, a cargo de Elizabeth Álvarez Padilla.


