El silencio también controla
9 junio, 2026Por: Danna Janet Toraya Basulto*
Solemos creer que el silencio es el estado natural de la paz, una especie de lienzo blanco donde la vida transcurre sin sobresaltos. Pero Jacques Attali, en su texto Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música (1995), nos da un golpe de realidad y nos dice que el mundo no se mira, se oye. Para él, el sonido es una herramienta de poder, una especie de termómetro social, un anuncio de lo que viene y, sobre todo, un campo de batalla. Esta idea de que el ruido puede ser una forma de resistencia y no solo un ruido molesto es la idea central de la película sueca Sound of Noise (2010), de Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson. No representa solo una comedia negra sobre músicos rebeldes; es, por decirlo de algún modo, un manifiesto visual de cómo el arte puede hackear una ciudad que se ha vuelto sorda por culpa del orden.
Attali nos explica que la música nació como un simulacro del sacrificio para canalizar la violencia. Argumenta que “con el ruido nació el desorden y su contrario: el mundo” (p.15). En la película, vemos una ciudad que es el ejemplo perfecto de lo que el autor denomina como “red de la repetición”. Es un lugar pulcro, gris, donde el silencio no es paz, sino control.

Ahí entra Amadeus Warnebring, un policía que odia la música (porque nació en una familia de genios musicales y él se siente un error del sistema), quien representa ese Estado que quiere que todo esté “en su lugar”, callado y bajo control.
Warnebring podría ser la personificación de la “Cuaresma” de la que habla Attali: el orden que busca extirpar cualquier “rebelde” para que el sistema siga funcionando sin estorbos. Pero entonces aparecen los seis percusionistas “terroristas” y la cosa se pone buena. Ellos no quieren dar un concierto en un teatro elegante donde la gente aplauda con decoro; ellos quieren ejecutar su pieza “Music for One City and Six Drummers” usando la ciudad misma como su tambor y señal de rebelión.
Aquí es donde la lectura de Attali cobra un poco más de cercanía, el autor menciona que el poder busca monopolizar el ruido para convertirlo en espectáculo o mercancía, pero observamos que los protagonistas de la película hacen exactamente lo contrario, ellos practican la composición. Según la lectura, componer es recuperar el placer de producir sonidos por uno mismo, fuera del mercado y de las reglas. Hay una escena (alerta de spoiler) donde los músicos entran a un banco y usan las selladoras y el papel moneda para crear ritmo, allí están destruyendo simbólicamente el valor del dinero para imponer el valor del sonido. Están diciendo: “aquí estamos, y no vamos a sonar como ustedes quieren”.
Lo que me parece más importante de señalar con la lectura de esta película es entender que el ruido es una profecía y que como nos dice también el autor, “la música es precursora de los cambios sociales”. En el filme, cada ataque sonoro es una grieta que se abre en la estructura de una sociedad que ya no sabe cómo comunicarse. Los músicos no son vándalos sin causa, son lo que el texto describiría como “agentes de la indisciplina teórica”. Ellos entienden que, para crear algo nuevo, primero hay que romper el silencio impuesto. El oficial Warnebring, al perseguirlos, se da cuenta de que su propio silencio interno (su supuesta sordera musical) es en realidad un vacío provocado por su repudio hacia los seis músicos y claro, por formar parte de una sociedad que ha domesticado el sonido.
Otro punto importante de señalar es la escena del ataque en el hospital (otro spoiler), donde usan el cuerpo humano y las máquinas médicas para hacer ritmo, reforzando la idea de que somos seres sonoros. Si nos quitan nuestra capacidad de hacer ruido, nos quitan nuestra humanidad. Como dice el autor, la música es un “útil de conocimiento”, y en Sound of Noise el conocimiento que los personajes alcanzan es que la libertad suena fuerte, es molesta y, a veces, es un caos necesario para no morir de aburrimiento o de repetición.

Relacionar el libro Ruidos con esta obra sueca nos permite ver que el arte no es algo que se contempla, es algo que se hace y que sacude la realidad. Attali nos dio las herramientas para entender que esos “terroristas” sonoros están haciendo algo maravilloso, están devolviéndole a la ciudad su derecho a la fiesta, al carnaval y a la diferencia. La película es un recordatorio visual y auditivo de que el silencio absoluto es la muerte, mientras que el ruido (bien canalizado a través de la composición) es la vida reclamando su espacio.
En última instancia, Sound of Noise no es solo una película sobre tambores y terroristas; es una advertencia de que, si no aprendemos a escuchar las “profecías” que hay en nuestro ruido cotidiano, terminaremos atrapados en una repetición infinita que nos vaciará por dentro. Como concluye Attali, hay que juzgar a una sociedad por sus ruidos. Y si nuestra sociedad suena como la oficina gris de Warnebring, entonces necesitamos, con urgencia, que alguien llegue con un par de baquetas a despertarnos. Porque al final, la música no es algo que escuchamos para pasar el rato; es el lenguaje con el que decidimos si vamos a ser esclavos de la repetición o arquitectos de nuestra propia composición.
Bibliografía
Attali, J. (1995). Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música. Madrid: Siglo XXI Editores.
Simonsson, O. y Stjärne Nilsson, J. (Directores). (2010). Sound of Noise [Película]. Suecia/Francia: Wild Bunch.
Danna Janet Toraya Basulto es alumna de la Licenciatura en Desarrollo y Gestión Interculturales de la ENES Mérida. Trabajo realizado para la asignatura “Expresiones y registro de la diversidad cultural IV” a cargo de la Dra. Marcela Corredor Palacios y del Dr. César Guzmán Tovar.


