¿Quién quiere destruir la naturaleza?
17 marzo, 2026Por: Martin Fricke*
Mi respuesta a esta pregunta es: en general, nadie quiere destruir la naturaleza. En consecuencia, el deterioro del ambiente probablemente no puede explicarse con la mala voluntad de las personas, sino debe ser entendido como resultado de procesos que suceden sin que lo queramos.
Veamos. Lo primero que notar es que, si la naturaleza es la totalidad de todo lo que existe en el universo –lo vivo y lo inanimado, todo lo que se rige por las leyes naturales–, entonces es imposible para nosotros destruirla, a menos que logremos construir un gran agujero negro en el que pueda desaparecer el universo entero. Incluso si entendemos por “naturaleza” la totalidad de la vida en nuestro planeta, parece poco probable que nosotros, los humanos, pudiéramos destruirla en su totalidad. Antes de que eso ocurra, es probable que la naturaleza se deshaga de nosotros y siga su curso igual que lo hizo antes de que llegáramos a transformarla y degradarla hace apenas –cuando mucho– unos 100 mil años. No podemos destruir la naturaleza entendida en estos sentidos y tampoco parece plausible que alguien quiera, aunque sea imposible, hacerlo, a menos que, en un momento de ira, esté enojado con la existencia del universo como tal.
Normalmente, cuando se habla de la destrucción de la naturaleza se tiene en mente solo la destrucción de algunos elementos de nuestro ambiente, digamos la degradación de un ecosistema como el manglar en la zona costera, la extinción de una especie rara, el cambio del clima, la transición de la milpa tradicional a un uso agroindustrial o la deforestación en la vecindad de la ENES-Mérida para hacer espacio para nuevos fraccionamientos. En estos casos, no se piensa en la destrucción de toda la naturaleza, sino en la pérdida de un ambiente conocido y valorado.
¿Quién quiere destruir el ambiente, entendido así?
No he hecho encuestas, sin embargo, noto que en las escuelas se enseña a los niños que es importante cuidar el ambiente, que los políticos de todos los colores proclaman la relevancia de este asunto e incluso las empresas, grandes y pequeñas, profesan su constante preocupación por un ambiente sano.
¿Podemos tomar estas declaraciones en serio? En algunos casos sí, en muchos otros ciertamente no. Muchos políticos y empresarios se preocupan principalmente por su propio bienestar, medido en poderío o éxito económico, y no por el bienestar del ambiente. Sin embargo, el hecho de que quieren aparentar una preocupación por el ambiente demuestra qué tan fuerte y amplia esta preocupación es en la población general. Además, incluso si a muchos no les importa si se destruye el ambiente mientras aumenta su poder o éxito económico, eso no significa que activamente desean acabar con el ambiente.
¿Por qué desearían algo así? A cualquiera le gusta un ambiente por lo menos medianamente intacto, digamos un parque verde y agradable con aves cantando en el aire y una fuente de agua murmurando suavemente en el fondo. Me parece muy plausible –aunque me faltan las investigaciones empíricas para probarlo– que, en general, casi nadie quiere destruir un ambiente agradable nada más por que sí. Lo contrario sería un acto de vandalismo, señal de algún disturbio mental, un enojo extremo o un trastorno similar a la psicopatía.
Siendo esto así, la pregunta obvia es: ¿si nadie quiere destruir el ambiente, por qué sí estamos destruyéndolo?
Yo solo soy filósofo, así que no estoy en la mejor posición para opinar sobre asuntos que, más bien, merecen una investigación empírica. Pero si las reflexiones anteriores son correctas, tal vez podamos hacer una afirmación general: la destrucción del ambiente no es algo que activamente persigamos como un objetivo de nuestras acciones. Más bien, es algo que nos sucede sin querer.
Cuando, a las 7:30 de la mañana, manejo en mi coche a la ENES para dar clases, no quiero causar un embotellamiento en la entrada al periférico. Tampoco quiero contribuir al calentamiento global. Y cuando quiero conseguir una bonita casa con amplio jardín para mi familia, no quiero causar un crecimiento desmedido de la ciudad de Mérida que destruya la selva. Todas estas son cosas que me suceden sin querer.
Se podría decir que no tengo un buen control sobre mis acciones. Aunque logro mis objetivos (llego a la ENES a tiempo para mis clases), también hago varias cosas que en realidad no quiero hacer y que no me convienen (causar un embotellamiento y el calentamiento global). Si tuviera un mejor control, podría alcanzar mis objetivos sin realizar tantas cosas inconvenientes.
Me parece que el deterioro del ambiente a menudo se produce de esta forma. Las personas no quieren degradar el ambiente, pero lo hacen sin querer. No es por su mala voluntad, sino por el mal control que tienen sobre sus acciones y las consecuencias de estas.
¿Cómo podemos lograr un mejor control sobre nuestras acciones y evitar causar tanto daño ambiental que en realidad no queremos causar?
Esta es otra buena pregunta y, una vez más, no quiero sugerir que tenga una respuesta definitiva. Algunos podrían argumentar que solo tenemos que dar a conocer a las personas de forma más vívida las malas consecuencias de sus acciones y, con suficiente conocimiento, los individuos cambiarán sus acciones (por ejemplo, irán en bicicleta o en autobús al trabajo). Otros dirán que es necesario un cambio no solo de los individuos, sino también del “sistema”: el sistema legal, el sistema de tecnologías basadas en energías fósiles, el sistema económico (capitalista) o incluso el sistema de creencias filosóficas. Una vez reformado el sistema, los individuos tendrán la posibilidad de perseguir sus objetivos sin destruir el ambiente. Me parece que alguna versión de esta segunda respuesta es la correcta. Resolver cuál de las mencionadas versiones resulta más plausible será motivo de otra reflexión.
Por lo pronto, podemos quedarnos con la conclusión tal vez reconfortante de que, en general, las personas no quieren destruir la naturaleza. Simplemente les sucede, porque no tienen suficiente control sobre sus acciones.
*Martin Francisco Fricke es investigador en Filosofía, Departamento de Humanidades y Sistemas
Sociales, ENES-Mérida, Coordinador de la LDyGI

